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Ahora, cuesta abajo en mi rodada, las ilusiones pasadas yo no las puedo arrancar.*

El otro día, eescuchando la radio en casa, escuché que Steven Spielberg  está preparando una nueva versión de “West side story” protagonizada entre otros, por el actor que en unas pocas semanas veremos protagonizar, junto a Nicole Kidman, la adaptación al cine del libro El jilguero Donna Tartt. Me puse a pensar sobre la necesidad que tiene un director consagrado, de hacer una nueva versión del famoso musical de los años sesenta. Y lo que es más importante ¿quién haría de María,  el papel que en su día interpretó la guapísima Natalie Wood? Unas horas después me puse con la novela. Os dejo mi impresión sobre este best seller publicado hace unos años.

Theo Decker es un chaval neoyorquino de trece años, hijo de una pareja divorciada. Visita el Museo Metropolitano de su ciudad junto a su madre una mañana, antes de ir al colegio a recibir una reprimenda o tal vez, la expulsión del colegio. Su vida saltará por los aires junto al propio “MET”, al explotar una bomba. La novela acampará a Theo durante casi veinte años de obsesione, adicciones, amor por el arte e incapacidad para recomponer la propia vida.

Supongo que perder a tu madre a los trece años en un ataque terrorista y tener que cambiar de ciudad, para vivir con un padre ludópata, alcohólico y drogadicto, no debe ser fácil. Esto es lo que le ocurre a nuestro protagonista. En esas circunstancias me parece casi lógico que se tengan no algunas, si no todas, las dificultades del mundo para seguir adelante en la vida. Es entendible, por no decir inevitable, que se tenga una adolescencia complicadísima, que se coquetee con el alcohol o las drogas. Lo que ya me parece más complejo, es que después de haber “superado” esa edad, las adicciones y de tener una vida relativamente ordenada, si es que alguien que pase por esas situaciones, alguna vez llegue a centrase, se reincide en la auto compasión y la destrucción de uno mismo. Estamos ante una especie de instinto “suicidio” por entregas. Este es el caso de Theodor Decker, quien después de padecer dos situaciones traumáticas, vuelve a Nueva York. Allí recibirá la ayuda y el carió de alguien a quien terminará traicionando. Y no será el único. Eso, en mi opinión, no es fruto de su durísima existencia, si no de su ínfima calidad humana. Theo en cada una de las encrucijadas vitales a las que se enfrenta, siempre elegirá, la en teoría más cómoda y también la peor de las compañías, ya sea la marginalidad y Boris o la autocomplacencia y la familia Barbour.

No soy un lector que se asuste ante los libros con muchas páginas, no leo los libros al peso. He disfrutado con las poco más de 140 páginas de “Rebelión en la granja” y con las 1200 de “El Conde de Montecristo”. Lo que sí que me fastidian, son los libros gordos y “El jilguero”, lo es, no solo por sus más de 1100 páginas, si no por la reiteración de situaciones. En mi opinión sobran unas cuantas borracheras, no pude llevar la cuenta de las que hay, creo que al menos una docena de colocones de todo tipo de sustancias es prescindible y tal vez un par de decenas de ensoñaciones psicotrópicas están de más. En la página 200 tenemos clarísimo que el “prota” tiene problemas con el alcohol y las drogas, además de añorar a una madre perdida de un modo tan salvaje, no aporta nada que la autora nos lo recuerde casi en cada párrafo.

En  una novela tan gorda, solo en los agradecimientos menciona a ¡ ochenta personas y al personal de dos hoteles !, es normal que nos encontremos con bastantes personajes y que la importancia que tengan en la trama sea muy variada. Este libro no va a ser memos, hay secundarios deliciosos como Goldie o Xandra, cada uno en su estilo, a los que no se les saca demasiado partido. Hobbie, Pippa, la primera Señora Barbour, son  personajes de un protagonismo medio, con mucho interés y no pocos matices, también se le escapan vivos a la señora Tartt. Por último,  están los personajes que engordan el libro y que no aportan prácticamente nada. Sin ir más lejos la segunda aparición de la familia Barbour, todos sus miembros son absolutamente prescindible, igual que los bohemios narcotizados entendidos en arte. Son apenas una pasarela para ir hilando una historia que se va descosiendo poco a poco, pero que ocupan varias decenas, por no decir cemtenares de páginas, absolutamente prescindibles.

No suelo emplear esta frase, pero, esta vez lo hare: “si lo llego a saber, me espero a la película”. Principalmente para ver si me entero como acaba la historia de este personaje que pasa de ser un chico maltratado por la vida a ser un maltratador de sí mismo. Pero ojo, me  ha parecido muy interesante, impresionante, la reflexión final que la autora pone en los labios de Theo, una visión muy personal, muy dura, de la vida, del ser humano y del mundo en que vivimos. Una lástima que llegue tan tarde y con el lector, o sea yo, al borde del hastío. Muchas veces oímos aquello de que en el arte hay obras en las que menos es más, basta con ver el cuadro que da título a este libro, pero otras como en el caso de esta novela, en las que más es menos. Si fuese una película le sobraría metraje y no poco precisamente.

P.S. Que duro se hace tomar una copa de “vino de la casa” después de paladear dos copas de Gran Reserva.

*Cuesta debajo de de A. Le Pera y C. Gardel.

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