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Allegados.

No, no abandonéis el blog tan rápido. No voy a hablar sobre la segunda palabra más usada en los últimos días, hasta que la émula de Beatriz Galindo perpetró “expertitud” o como le gustaría decir a esta eminente latinista, Vicepresidenta primera de gobierno en los ratos libres que le dejan sus traducciones de Plauto o Virgilio:” Sic transit gloria mundi”. En fin… Vale, ya me centro. Este post se titula así porque desde que murió Philip Kerr y por tanto  su “socio” Bernie Gunther, a quienes dediqué el segundo post que publiqué, no había vuelto a leer nada del autor escocés. Así que creo, que después de un “duelo” de más de veinte meses, ha llegado el momento de aliviar el luto. Esta semana toca: Azul de Prusia, la decimosegunda novela en la que Kerr hizo protagonizar a Gunther.

En octubre del 56, la temporada en la Riviera francesa toca su fin y el Grand-Hotel du Cap-Ferrat en el que Bernhard “Bernie” Gunther trabaja como concierge no es la excepción. Parece que el bueno de Bernie podrá disfrutar una temporada de descanso. Pero es difícil que las palabras Gunther y tranquilidad compartan la misma frase. Erich Mielke, un viejo conocido de Bernie que a la sazón es el jefe de la Stasi, reaparece en su vida para convencerle de que haga un trabajito para él. No es la primera vez, ni será la última, que el antiguo “poli” berlinés tenga trato con gentuza de esta catadura, mientras huye por Francia recordará uno de los casos que investigó por orden de otro repulsivo ser en la Alemania nazi de 1939. Concretamente en ese parque temático del nacionalsocialismo llamado  Berchtesgaden.

Lo primero que cabe destacar de esta novela, como todas las obras de Philip Kerr es literatura de consumo, de “súper” si queremos. Nada de gran literatura de esa que con el paso del tiempo será objeto de estudio. Su objetivo primordial, por no decir el único, es entretener al lector y lo consigue gracias a muy diversos factores. Yo destacaría varios. La trama policiaca –como siempre magnifica y llena de sorpresas-. La cuidada ambientación, con una puesta en escena llena de detalles que hacen que entremos en la novela, pero que no nos hacen distraernos de la trama. Y por supuesto la combinación de personajes de ficción con personajes históricos, algunos conocidos por todos y otros no tanto, que caracteriza a esta serie. No deja de sorprenderme que en ese idílico paisaje testigo de las andanzas del Capitán Von Trapp, sus hijos y María las Lágrimas se impongan a las Sonrisas.

No sé si será porque me leí las once novelas de la serie casi de un tirón o por el paso del tiempo, pero hay algunas cosas que me han chirriado un poco. Por ejemplo, las maneras del bueno de Bernie, más propias de un detective de Brooklyn que de un policías en la Alemania nazi y que además está señalado políticamente. Afortunadamente nuestro hombre ni es  miembro de NSDAP  ni afecto al Régimen, pero una cosa es manifestarlo o demostrarlo a sus subordinados o a personas anónimas y otra bien distinta es alardear de ello ante “angelitos” como Reinhar Heydrich o Martin Bormann, francamente me parece poco creíble. Algo que no me gusta nada, creo que es un problema de conciencia, es la figura del Nazi moderado, muy frecuente en las novelas de esta serie. En esta en concreto Gunther traba relación con una de ellas: Gerdy Troost, una arquitecta y decoradora de interiores que perteneció al selecto circulo del gran matarife, como Helene Bechstein o Leni Riefenstahl, por mencionar mujeres reales que aparecen en la serie, hombres los hay a espuertas, que conforman la élite de  “Los verdugos voluntarios de Hitler” como los denomina Daniel Jonah Goldhagen en su estremecedor ensayo, me repugnan. Pero cuidado con simplificar que el otro gran genocida también contó con sus cómplices tan silenciosos como talentosos: Serguéi Prokófiev, Maximo Gorki o Sergei Mijáilovich Eisenstein. Los autóctonos mejor no los mencionamos y así ni nos sorprendemos ni nos sonrojamos.

Si queréis disfrutar de un buen libro policiaco, que no una novela negra, que tiene un toque de histórica, pasaréis  un buen raro con un tipo duro, con el punto canalla de Sam Spade, la sorna gélida de nuestro cinematográfico Germán Areta y la mala leche de Philip Marlowe y sin el glamur de James Bond. Bernhard Gunther, un tipo de la vieja, mejor dicho de la eterna escuela. Una opción  más que atractiva. Seamos sinceros, a todos nos gusta de vez en cuando comernos un bocadillo de calamares y os garantizo que los que hace Philip Kerr no son de plástico.

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