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Hey drink up all you people And order anything you see Have fun you happy people The drink and the laughs on me.*

Seamos sinceros, si algo añoramos en este tedioso y tristísimo confinamiento es no poder ir a los bares. Y no lo digo porque echemos de menos el aperitivo, la cervecita de los viernes con los de trabajo o esa copa de fin de semana. Lo digo porque en los bares nos relacionamos con todo tipo de personas, ya sean muestreos amigos o personas desconocidas, con los de nuestra cuerda política y los de la contraria, con los de nuestro equipo o los del rival. Incluso con desconocidos o con personas que solo vemos allí. ¿Caéis en la cuenta de que es más fácil que hablemos con un desconocido en un bar que por ejemplo en la cola de la caja del supermercado o en el transporte público? Pues de todo esto y de mucho más nos habla la obra de esta semana:El bar de las grandes esperanzas de J.R. Moehringer. Y recordad que, más “ANTER” que después volveremos a nuestro bar favorito.

La obra de Moeringer nos cuenta la historia de un chaval de una población costera llamada Manhasset en el estado de Nueva York. El autor conoce muy bien el pueblo, no en vano es el suyo, y al protagonista que es él mismo. Seremos compañeros de vida de J.R. desde que es un crío de siete u ocho años hasta que empiece a situarse como periodista tras graduarse en la prestigiosa Universidad de Yale. Aunque realmente su universidad ha sido un bar: el Dickens, que luego cambiará su nombre por el de Publicans. Sus maestros, claro está, serán los clientes.

Esta es una novela en la que no pasan grandes cosas: nada más que la vida. Concretamente la del joven Moeringer, una vida que no es fácil. Con constantes cambios de casa, de trabajo, de Estado –Nueva York, Arizona, Colorado…- con una madre tan trabajadora como inestable y la ausencia de un padre que cada vez que se hace presente es para enmerdar sus vidas. Creo que esa deplorable figura paterna es la que hace que J.R. quiera o mejor dicho necesite un padre y lo buscará en los parroquianos del bar, aunque realmente lo encontrará en el propio bar porque en realidad cada uno de esos tipos le aportará algo, sin olvidar a Bill y a Bud –que o mucho me equivoco o son los únicos personajes que jamás se acodarán en la barra-.

Dos cosas me han llamado poderosamente la atención de este magnífico libro. Por un lado la absoluta carencia de rencor que en él hay. Pese a relatarnos algunos sucesos más que escabrosos el autor no lo hace con ira, si no como algo que ya ha superado, admitido y probablemente perdonado. Es una novela dura pero no lacrimógena. Por el otro, la capacidad descriptiva de Moeringer, asombrosa. Define contantemente ambientes personas o lugares al que rápidamente nos trasladamos.

Que deciros de los personajes, las personas que por mejor decir el autor nos presenta. Los hay de todo tipo: triunfadores y perdedores. Bebedores y borrachos. Cutos y necios. Mujeres y hombres. Policías y corredores de apuestas. Ridículos y sublimes, hay tantos y tan variados como bebidas se sirven en el local, así que es imposible que no nos guste alguno. Las cuatrocientas sesenta páginas de “El bar de las grandes esperanzas” son el álbum de recuerdos de la cultura popular americana de la última década y media del siglo pasado. Y aunque a los europeos se nos escapan algunas referencias a jugadores de baseball, por ejemplo, la mayoría son fácilmente reconocibles: la serie de TV “Dallas”, los combates de boxeo, y como, no los libros que el bueno de J.R. devora, en su mayoría clásicos en lengua inglesa que quien mas y quien menos ha leído alguno. Y por supuesto la omnipresencia de las canciones de Sinatra que son tan elegantes y tan limpias como la prosa de J.R. Moeringer.

Termino con un aviso para los que como yo, no ponemos demasiada atención a los prólogos y los epílogos de los libros, estos son dos obras maestras dignas de esta joya. Uno porque por delante tenemos muchas páginas para disfrutar y el otro porque no pensamos que nos pueda decir nada que el relato no nos haya dicho. Pues en este caso esos dos “añadidos” son de una belleza apabullante. El prologo nos define al bar con una calidez que casi lo humaniza. Y el epilogo por situarlo en un pasado que desgraciadamente será nuestro futuro más inmediato. La obra se cierra con J.R. volviendo a su pueblo natal para asistir a funerales de sus vecinos muertos en los ataques a las Torres Gemelas y tristemente dentro de unas semanas seremos nosotros los que debamos homenajear a los nuestros.

P.S. Os dejo el enlace del prólogo, serviros una copa, poned a “la voz” y si nos os gusta, prometo reembolsaros los gastos.

*Blue Eyes de Dennis/Brent interpretada por F.Sinatra.

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