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“La vida privada de un ciudadano debe ser recinto amurallado.”*

Hace unos días hablando con una amiga especialmente querida, me preguntó si había leído la última novela de Guillaume Musso. Yo puse cara de póker y dije, “pues no, no he  leído ni la primera ni la última”. Así que me soltó: “pues ya tienes tarea…”. Como yo soy un tipo muy bien mandado, me puse a la faena y me compré La llamada del ángel., que como es de 2014, me salió más baratito que el ultimo…

La novela tiene un arranque tan original como creíble. Dos pasajeros: Madeline y Jonathan, chocan en uno  de los restaurantes del aeropuerto JFK de Nueva York, entre reproches y malas caras, recogen sus móviles del suelo y se dirigen a sus puertas de embarque. Ella con su prometido, destino París y él con su hijo rumbo a San Francisco. A partir de aquí, el azar, alguna cosa más y la curiosidad, que como dice el refrán, mató al gato, harán el resto.

El autor divide la novela en tres partes. La primera es una especie de “novela romántica” y las otras dos transforman la obra en un “thriller”. En principio parece una buena idea, pero…, como casi siempre existe uno. Durante algo más de cien páginas, Musso nos plantea una historia de amor típica, demasiado de telefilme de las cuatro de la tarde. El, un chef incapaz de “crear”, desengañado de la vida y engañado por la que fue su mujer. Ella, una británica establecida como florista en Paris, con un prometido estupendo y una tienda no menos estupenda. En esta primera parte, el autor nos presenta a sus protagonistas y lo hace sin ahorrar en cursilería, en sofisticación acartonada y con una catarata de enumeraciones de marcas, ingredientes, de todo lo habido y por haber Desde “American psycho” yo no había vuelto a leer tal cantidad de listas, y de esto hace casi treinta años. Todo esto, al menos a mí, me llevó al borde del abandono.

Superada la primera parte, como he comentado, la novela va cogiendo más ritmo, quizá demasiado. En algunos momentos puede resultar un tanto atropellada. Las sub tramas y los personajes que van apareciendo, ayudan a que el lector recupere el interés tras el “pianissimo” del primer tercio. A mi entender, algunas de las situaciones y las relaciones entre todos los personajes son bastante forzadas, pero tampoco hace que la novela se descontrole.

De todos modos, estamos ante un libro entretenido. De un autor, para mí, desconocido hasta ahora, pero al que creo que volveré a leer, aunque en este género y en francés, me parece que la gran Fred Vargas está en un curso superior. Para gustos los colores.

 Tal vez no he conseguido “conectar” del todo con la obra por motivos personales. Por un lado el mundo de la cocina actual no me interesa, quizá no sea una persona lo suficientemente sensible para apreciar el llamado “arte efímero”, ya sea en la arquitectura, en el “bodi art” o en  la gastronomía. Lo siento, pero son limitaciones que tiene uno. Tampoco me ayudó a entrar en el libro  lo relativo a las nuevas tecnologías, tan importante en el. A un tipo tan analógico como yo, que huye de la artificiosa híper dependencia de las máquinas, le resulta un tanto agobiante.

A pesar de todas las dudas que me ha despertado este libro, también me ha hecho pensar sobre la época que nos ha tocado vivir, sobre la sociedad que nos estamos fabricando, sobre esa pulsión por la inmediatez y la sublimación de lo trivial. Igual soy un lector que tiende a divagar, o que le da demasiadas vueltas a libros de puro entretenimiento. Pero si estas casi trescientas setenta páginas han conseguido que, aparte de entretenerme durante bastantes momentos y ha logrado hacerme pensar, bienvenidas sean. Esto es algo que está en manos de pocos autores y aún en menos si se dedican a escribir ficción. Así que atención a Guillaume Musso.

*Charles Maurice de Talleyrand.

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