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Recuerdos y nicotina.

Bueno, pues parece que lo del invierno, como se dice ahora, “ha venido para quedarse” y con él los cacaos calentitos y los libros. Esta semana me gustaría compartir con vosotros: Pasado perfectode Leonardo Padura. Si hay alguien que siga con frecuencia el blog recordará que hace un par de meses os hablé de Herejes, una novela de este autor cubano que me descubrió a Mario Conde, un ex policía habanero⁶⁶⁷ bastante curioso. Como la novela de la que hablamos era la última de las protagonizadas por este personaje, lógicamente se me escaparon muchos matices. Por tanto esta semana iremos a los orígenes, o sea a la irrupción de Conde en el mundillo de la ficción literaria hace ya casi tres décadas.

El primer día del año casi siempre empieza mal: dolor de cabeza, boca pastosa, malestar generalizado, encima sin un puñetero cigarro que echarse a los labios… Vamos, que el Teniente Mario Conde recibe 1989 con una resaca de campeonato. Si esto no fuese suficiente, su teléfono suena incesantemente y cuando se es capaz de responder quien llama es tu jefe dándole una hora para ir al trabajo ¿algo puede ir peor? Si, ha desaparecido un alto funcionario del régimen al que Conde conoció en su etapa escolar. En la investigación el policía se encontrará con recuerdos y personas; a unos olvidados, otros añorados y algunos demasiado presentes.

Para ser justo lo primero que tengo que decir es que sabía que Pasado perfecto me iba a gustar, por la sencilla razón: el protagonista me cayó bien la primera vez que me acerqué a él. Me pareció un buen tipo y no me equivoqué, es de esas personas que parecen consumir la vida entre roncitos, recuerdos y cigarrillos ¿o quizá mucho más? Algunas veces,  como ocurre en la vida, conocemos a alguien que sin tener demasiado que ver con nosotros, nos deja huella, eso es lo que a mí me ha pasado con “el Conde”. Un tipo incapaz de transgredir unas normas que él considera esenciales. La amistad, la fidelidad a uno mismo. Conde en realidad sabe de dónde viene sin saber muy bien donde va a llegar. En definitiva, Conde sabe perfectamente lo que no quiere ser y eso no es poco. Porque llegar a ser lo que imaginamos o lo que otros imaginaron que seríamos, es muy complicado.

Pero, no solo de Conde vive este libro, por él transitan personajes que conviven con la fatalidad como el “flaco” Carlos. Tamara,  la mujer a quien siempre amó y amará Conde y que jamás supo si ella le amaba.1 Qué deciros de la sabiduría cachazuda del Mayor Antonio Rangel, el encanto del Capitán Jorrin un “poli” de la vieja escuela, de esos que jamás dejan de espantarse por la maldad humana. Dejo para el final dos personajes que me han gustado mucho: el Sargento Manolo y Josefina, la madre de Carlos. Los dos son muy distintos y al mismo tiempo muy parecidos. Tanto el joven compañero de Mario como la vieja, representan el fatalismo y el optimismo, en definitiva: la Cuba real.

Me han llamado la atención un par de cosas del estilo de Padura. Una es el uso del lenguaje, lleno de giros que aunque a veces a los lectores de  español de este lado del Atlántico  nos dificulta un tanto la lectura, a veces debemos recurrir al diccionario de la RAE para entender algunas expresiones. Este aparente inconveniente, se convierte  en virtud tal que nos ayuda a transportarnos a La Habana, a pesar de que aquí estemos pasando un frío de cuidado. La otra, es lo que se adivina entre líneas sobre la isla y cómo se gobierna desde hace más de seis décadas ¿Que dice Padura y que le han “dejado” decir? Me ha recordado a alguna de las películas de Berlanga: ¿qué le colaba a la censura y cuanto esta se dejaba colar?

Pasado perfecto me ha parecido una muy buena novela policiaca pero con un trasfondo muy humano y algunos personajes excelentes, Josefina me ha impresionado. Además cuenta con un añadido: en la época en que se desarrolla y escribe no se puede recurrir a un genio de los ordenadores, Conde está más cerca de Marlo Conde que de Grisson. ¡Afortunadamente!

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