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Un círculo con cuatro vértices y muchos triángulos.

El otro día en una de mis frecuentísimas visitas a la imprescindible web literaria Zenda, me encontré con un texto sobre la reedición de El buen soldado de Ford Madox Ford. El artículo cumplió su función, que no es otra que incentivar  a los internautas a la lectura. Decidí que leería la obra sugerida. Pero me encontré con un par de problemas, a saber. Primero; la reedición salía a la venta el mismo día en que leí la reseña, el 20 de enero y el otro es que por aquello de la cuesta de enero no me venía demasiado bien invertir parte de mis exiguos fondos en un libro. Pero como soy un poco “carca”, recordé que aún existen unos sitios llamados bibliotecas públicas. En una cercana a mi casa tome a préstamo un ejemplar de la edición de 1990 publicada por Edhasa. Así que en poco más de un cuarto de hora resolví mis dos problemas, de propina, entre en una biblioteca, un lugar EN EL que no estaba desde que era un chaval y que me trajo un montón de recuerdos y sensaciones casi olvidadas.

La novela nos cuenta la amistad entre dos matrimonios: los Dowell y los Ashburnham, los primeros norteamericanos y los segundos británicos, muy británicos. Estas dos parejas de “gente bien” como los define el propio autor, o como dijo el torero, de “los que cuando mueren no pasan a mejor vida, porque no es posible vivir mejor”.  Los cuatro compartirán una vida lujosa, de partidos de polo y veladas en casinos, así como un peregrinar de balneario en balneario –exclusivos, por supuesto- debido a las enfermedades que padecen la señora Dowell –Florence- y el señor Ashburnham –Edward-. La acción transcurre durante más de nueve años y antes del estallido de la Gran Guerra.

Explicaré el porqué del geométrico y extraño titulo del post. La novela trata de un círculo relativamente pequeño de personas en el que los cuatro vértices los ocupan Florence Dowell, John Dowell, Leonora y Edward Ashburnham. Los triangulas los formarán alguno de los cuatro personajes de los ángulos principales con otros de ese reducido círculo –Nancy, Misie etc.…-. Estos triángulos, como no podía ser de otro modo son amorosos, unas veces de un amor físico y otras de un modo más sentimental, pero que casi siempre son públicos, consentidos e incluso alentados. Ojo, que he dicho casi todos.  Los personajes tanto principales como secundarios son bastante complejos, todos presentan infinidad de contradicciones y dobleces. Por la novela transitaran todo tipo de sentimientos, el amor, la avaricia, la indolencia o la locura, están magníficamente retratados por Ford Madox Ford –por cierto, no me digáis que no es un buen nombre el del autor-.

Me ha gustado esta historia por un par de cosas. Una, me ha parecido muy actual, en el sentido de que los personajes son absolutamente auto complacientes y asisten como espectadores al derrumbamiento de sus vidas, de sus matrimonios. Parecen no verse concernidos ante su fracaso, provocado por una especie de hastío de sí mismos. Son como un barco cuyos tripulantes esperan pacientemente a que los bajíos lleven a pique su embarcación. La otra cosa que me ha llamado la atención, es esa sensación de fin de ciclo, o tal vez del mundo en el que viven los personajes. En cierto modo me recuerda a la genial  La marcha Radetzkydel austríaco Joseph Roth. Aunque El buen soldadose publica en 1915, con algo más de quince años de antelación que la obra de Roth, este sitúa la acción casi medio siglo antes que la del escritor inglés. La similitud que encuentro entre estos dos libros es la de mostrarnos el principio del final de la sociedad tal y como que concebían, tanto las parejas creadas por Ford como la familia Trotta de La marcha Radetzky, todos soportan con estoicismo una decadencia a la que de un modo inexorable contribuyen. En mi humilde opinión, esto guarda bastante semejanzas con el papel que nosotros interpretamos en este mundo en pleno cambio, que esperemos sea para mejor. Confío en que no nos ocurra como a los Dowell, a los Trotta o a los Ashburnham que verán el inicio de la nueva era tras un parto pleno de dolor y barbarie.

Termino esta parrafada con algunos apuntes sobre la novela. El título originalmente iba a ser “La historia más triste”, pero ante el estallido de la I Guerra Mundial, el editor con no poco sentido comercial lo cambió por el que conocemos hoy, no nos engañemos, el marketing no nació ayer. Otra curiosidad es la figura del narrador, John Dowell, que encarnará la figura del narrador no fiable de un modo sublime. Como yo no soy ni filólogo ni profesor de literatura no trataré de explicar este recurso literario, simplemente y con trazo muy grueso apuntaré que el lector tiene conocimiento de muchos hechos de los que ocurren en el libro, a la vez que el propio narrador, quien en bastantes ocasiones es protagonista de ellos. La tercera sorpresa, es que gracias a esta novela llena de “flash backs” y en la que la unidad espacio tiempo apenas existe, he descubierto que hay un término aceptado por la RAE que equivale a este anglicismo tan usual en muestro habla  diaria y es… analepsis. Solo por eso, aunque no únicamente por eso merecería la pena leerlo. Pero si el Maestro Josef Conrad la considera como una obra maestra, pues hay que leerla, ¿no creéis?

P.S. Revisando este texto, por llamarle algo, encontré él perfecto sentido de este libro, nos lo susurró el tan añorado como imprescindible Enrique Urquijo: “La vida mil vueltas da y en una de ellas bajaste”. ¿Alguien lo mejora?

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